19 ago. 2014

Apuntes / 8


He retomado mi libro de poemas, hasta el momento tengo 15 corregidos. Todos estos poemas nuevos, o la mayoría, no recuerdo bien, los incluí en una selección titulada Pasan poesía en la televisión apagada que presenta otros 20 poemas viejos –los más aceptables que he escrito, podría decirse–, publicada el año pasado en Ecuador

Todavía no sé si el nombre de este libro será Pastillas para el lector, o si usaré una variación del título de la antología recién editada, por ejemplo, Pasan poesía por la pantalla del U-bahn.

Lo que siempre supe es que estaba mintiendo cuando dije “He aprendido a escribir poemas”. Uno nunca aprende, los poemas lo agarran a uno en curva, se escriben solos, o apenas muestran un aspecto de la sombra del lenguaje, o se mueren soñando que son la luz.  

18 ago. 2014

Apuntes / 7


Cada proyecto de escritura es un proyecto de vida. Si no se le encara de este modo, no hay forma de ganar la energía para sobrellevarlo.
Por un lado sentimos la urgencia de plasmar el registro de un determinado estado de ese universo que fluctúa incesante al interior de la mente. Emociona porque se trata de una energía vital que está relacionada con la aventura. Por otro lado está el resorte de la paciencia que la poesía nos ha enseñado: saber esperar, saber aguantar como Li Po hasta el momento justo en que irrumpe la revelación de una figura esencial. Examinada así, es verdad que la escritura se parece un poco al vaivén de la vida, entre la inmadurez tan sabrosa y la sabiduría tan rica.
De lo que hasta aquí he aprendido, puedo decir que lo mejor es no publicar nada, salvo en caso de necesidad extrema. Nadie necesita nuevos libros, hay suficientes en circulación. He visto a las mejores mentes de varias generaciones destruidas por haber publicado un libro malo. Ojo que no los destruye el hecho de que el libro sea malo, sino la incapacidad de aceptarlo.
La paciencia, la calma, la voluntad de aprender ejercitando el examen de los propios yerros, son los mejores consejeros para las manos que desean emprender de manera autónoma la aventura de llenar la página. Más vale conseguir un pequeño poema perdurable que dispararse una mala novela que no se la mama ni el más piadoso. O por lo menos eso es lo que pienso un lunes por la mañana, mientras me froto los dedos para agarrar el manubrio de la bicicleta.

17 ago. 2014

Apuntes / 6



No sé a quiénes les podrían interesar estos apuntes. He ahí un verdadero misterio.

No sé a quién le puede interesar lo que apunta alguien que le apunta a entrenar las manos que más tarde usará para escribir. Porque tampoco creo que los apuntes sean la escritura en sí misma, sino más bien lo que está antes de la escritura. O lo que está después de la escritura que permanece invisible, me refiero a esa jungla imaginaria que todavía no consiguió instalar su desmesura entre las cálidas pastas de un libro.

Siempre ha sido un misterio para mí que exista alguien interesado en lo que uno escribe. Si lo piensan bien, es algo mágico, aunque de cierto modo también es un asunto un tanto absurdo. Resulta ocioso querer averiguarlo, sin embargo, en estos tiempos de hipervigilancia ya no se sabe si te leen por placer, o porque el chip del Big Brother les ha quedado instalado en la psique como un parásito.

La curiosidad mató al gato, es verdad, mas no hay que olvidar que todo gato que se precie tiene siete vidas. Incluso el gato de Schrödinger tiene por lo menos siete maneras de relampaguear entre la lectura y la no lectura. Digámoslo así.

Lo anterior me lleva directamente al siguiente apunte: el número 7.

16 ago. 2014

Apuntes / 5


No es uno el que cambia, son los libros. El organismo de los libros está en permanente mudanza, ebullición, se transforma como cualquier materia viviente. Basta abrir cualquier libro de par en par, diseccionarlo como a una rana auténtica para descubrirlo.

Pienso estas cosas después de haber releído un libro que odié hace cuatro años, pero que ahora me apasiona como si fuera la experiencia de un verdadero paradiso en la tierra.

Revelaría el nombre de este libro si no fuera todavía más placentero saber que se trata de un descubrimiento secreto: un libro que odié por las mismas razones que ahora me hacen amarlo, se merece todos los cuidados, toda la mesura.

Un día de estos también hablaré sobre el tema de las lecturas secretas. Me gustaría hablar del derecho a mantener ciertas lecturas bajo reserva por un tiempo indefinido. Ningún libro debe ser comentado ni criticado por obligación, no existe tal requisito, a no ser en las mentes delirantes de las nuevas inquisiciones literarias al uso. Todos tenemos derecho a leer, del mismo modo que tenemos derecho a no leer. Se tiene el derecho a comentar o a criticar, del mismo modo que existe el derecho a ignorar una obra. Para los críticos existe el derecho, inclusive, a desmotivar la lectura de una obra o de un autor, siempre y cuando, claro está, las estrategias para conseguirlo se encuadren dentro de los límites que contemplan las diversas legislaciones nacionales e internacionales.

Por más garitas de control que intenten instalarle por ahí, la lectura seguirá siendo siempre el espacio de la libertad total.


15 ago. 2014

Apuntes / 4


Decidí cerrar este blog con una última serie de apuntes. Finalmente decidí darle a esta bitácora –porque las cosas, por muy virtuales que sean, también tienen deseos– lo que siempre me pidió y no le había querido, o no le había podido dar.

Un último racimo de notas banales para dejar las manos calientes. Un último vistazo a lo que construí como el escaparate para la figura de un elusivo autor.

Seguiré escribiendo en los formatos análogos, es decir, en la inveterada hoja de papel, como un deber marcial frente a la comandancia de la página en blanco.

Por alguna razón un tanto arcana, durante un tiempo sentí que necesitaba someter este entrenamiento a la supervisión de los lectores que van por ahí como náufragos, o como piratas ciberespaciales del deseo de escribir. Ahora, en cambio, siento que si dedico mi tiempo a mostrarles todas mis anotaciones sin importancia, podría dejar petrificadas las nuevas manos que me han nacido para escribir los libros que antes perdí, o que se quedaron flotando en el mar desolado del ciberespacio. 

Seré el traficante invisible de mi propia escritura. Ejecutaré el trasiego fantasmal de mis palabras, ahora transcritas por el personaje que se apropió de mis viejas manos para hacer una fogata, sí, ese mismo personaje incendiario que escribe mi autobiografía en algún universo paralelo.

Se ha terminado el suministro virtual para esta bitácora. Las hojas de papel de todos mis cuadernos de apuntes celebrarán pronto mi retorno, desde ya alcanzo a escuchar los vítores de los dioses análogos. Como dijo cierto personaje, al calor de los tragos, en El Señor Presidente: "la que es puta, vuelve". Y con diente de oro, habría que agregar.

14 ago. 2014

Apuntes / 3



A veces no sé por dónde comenzar. Veo las historias suspendidas en una telaraña simbólica que pareciera ser mi propio cerebro encendido, iluminado como una supercarretera, o como un animal de tentáculos luminiscentes.

¿Una historia es el montaje creado a partir de un corte en esa red? ¿O es una muestra de tejido para ser analizado en el laboratorio de la visión? ¿Es una muestra del espacio perdido entre un punto A y un punto B? ¿Un corte de cualquier punto entre A y B?

No sé nada de física cuántica pero sí sé que las historias se encuentran en ese nebuloso lugar que resulta imposible de determinar a simple vista, puesto que es imposible de calcular sin alterar su ubicación con la fuerza de nuestra mirada.

Escribir es como meter las manos al fango donde flotan las historias. Sacar un conejo negro del fango y verlo saltar dejando letras que funcionarán como el rastro que nos guiará desde la primera página hasta la última. O de la última página a la primera. Da igual.

Escribir es perseguir al conejo negro para que salte horrorizado, para que se escape de nuestra mente enmarañada y se vaya a buscar resguardo entre las pastas de un libro. La historia del conejo traicionada por nuestra vulgar costumbre de contar las desgracias propias y ajenas: esa es una forma de escribir, una más entre las millones de formas posibles que se pueden encontrar entre un punto A y un punto B.

Apuntes / 2


Los nuevos soportes técnicos influyen de un modo decisivo en la configuración de lo que podría llegar a ser un renovado panorama de estilos literarios, o de lo que podría leerse como un escenario de escrituras que alcanzan a contemplar el proceso de su propia creación en tiempo real.

Disciplinar una escritura sigue siendo una tentación para muchos, quizás porque de este modo se buscaría el inconfesable deseo de arraigar una autoría inconfiscable, díscola, libérrima. El asunto, queridos amigos, es que la literatura siempre nos ha demostrado, de mil y una formas, no solamente que tal disciplinamiento es baladí, inútil, o a veces francamente ocioso, sino que además la escritura siempre va a encontrar un resquicio por donde escaparse: la liebre negra del texto inmanente –que desconoce su propia naturaleza o género mientras es escrito– a menudo descubre por dónde re-aparecer o explayarse, incluso cuando para hacerlo necesite cavar túneles entre lo considerado real y lo imaginario. Todo esto resulta evidente cuando pensamos en una escritura que usa las plataformas virtuales como espacio de experimentación pública (y lúdica), o que establece ahí mismo un campamento de ejercicios para un aprendizaje abierto que, además, se pretende conectado al corazón, o a la mente de los lectores.

No hay misterio alguno en la libertad de la escritura. El único misterio radica en entender de dónde surge la irremediable astucia de una escritura que sabe escaparse de todos sus depredadores, sean estos reales o virtuales.

Apuntes / 1


Llegó la hora de hacer unos apuntes. Llegó el momento de darle una reanimación cardiopulmonar a mi escritura. O quizás simplemente es la hora de concluir de una vez por todas la escritura de este blog que durante años ha estado flotando como un libro que se borra mientras lo leen.

Claro que también podría escribir sobre mis intimidades por acá, convertirme en una vedette de la literatura posmoderna, o en cualquiera de esas florituras que dicen que están de moda. Podría subir una serie de selfies ridículas. Podría contarles de mis andanzas por la ciudad. Podría hacer un recuento de los daños sufridos por este corazoncito de peluche. Podría poner por aquí los apuntes de mis lecturas o de las investigaciones que voy echando adelante. Podría simplemente escribir todo lo que pase por mi mente durante una hora del día, usar este espacio como un calentamiento para los libros en marcha.

Los libros se escriben con la mano caliente. Pero uno no siempre tiene las manos calientes. O quizás el problema es que uno no siempre escribe cuando tiene las manos calientes. Ahora mismo enciendo una fogata con la pantalla: acerquemos las manos a la pantalla para calentárnoslas.