30 ene. 2006

Dos lecturas sobre mi poesía

1. Alan Mills y los Ademanes Teocéntricos de la Poesía Incisiva

por Orlando Alcántara F.
Unitario Universalista Bíblico

He estado en contacto con una selección de los poemarios
Los Nombres Ocultos y Marca de Agua del poeta guatemalteco Alan Mills. Y he sido feliz a mi modo. El poeta inquiere y su inquisitiva mirada nos acosa de principio a fin. Al final retorna la pregunta que nos acerca a una respuesta propia de todo poema. La pregunta cae en el vacío y en el vacío está la plenitud de toda la respuesta, ejercida con maestría por el verbo creativo de Mills. El poema termina en pregunta, pero ya la respuesta nos fue dada con el mismo discurrir del texto. Se perciben con claridad los ademanes teocéntricos que le salen al poeta desde el alma. Su voz no puede callar y su verbo enarbola sus verdades en forma de imágenes bien concebidas. Su sintaxis meridiana es vehículo que hace pulcro su decir poético. A veces nos asalta el destello metapoético en la inquisitiva alteridad desmadejada. Alan Mills no deja de inquietar, ni de ser adalid en su propia historia. Veamos uno de los fragmentos:

“Allá ellos
que brinquen y se desmayen.
Que se abstengan de los vinos.
Que me busquen en un muro de lamentos.
O que hagan el amor mirando hacia la Meca.”

Pareciera como si Dios nos estuviera hablando al oído sobre nuestra propia ignorancia. A partir de la ignorancia toda adoración se torna falsa. Creemos ser luceros y sombras somos. Alan Mills levanta su voz-profeta en pos del lumen que hace falta. Su denuedo nos acerca a nuestro ser íntimo cuando nos coloca entre la espada y la pared. Buscar a Dios como sinónimo de estar endemoniado, pues Dios está en todas partes. A Dios no se le busca: ni en la muchedumbre, ni en la soledad de nuestra habitación.

Mills prosigue en sus ademanes teocéntricos. Veamos:

“ me sentía excelso y escaso
como una monumental estela
extasiada en la isla de Pascua
pensé : materia
dije: Dios
sangré
la tierra como elemento
dispone de sabor profano
maravilloso si se quiere
mis ojos llegarán a cualquier galaxia
antes de saber con qué sustancia
estamos hechos
decir Dios
es tenerle miedo a la muerte
es evidente”.

La preocupación teocéntrica de Alan Mills surge desde la conciencia de la muerte. Una muerte que proviene del pecado. Ese mismo pecado que Mills avizora en los gusanos y alimañas que pululan en los antros secretos. Y al mismo tiempo la sustancia de Dios es nuestra sustancia: nuestra imagen y semejanza. Mills se desdobla y toma el papel de testamentario y sepulturero. Su rol no es fácil, porque al poetizar el poeta tiene que desentrañar interioridades almáticas que atesora y pule con el verbo claro, pulcro y diáfano, en un devenir sintáctico lleno de sentidos y signos. Veamos:

“El alcohol resbala,
lo digo así.
Dígolo porque caigo.
(Y no resbalo: caigo).
Digo que el alcohol es puro,
va a las heridas
y es recibido con dolor alegre.
Adentro fluye, camina,
se lleva lo recordado al olvido
y los olvidos renacen
de las venas donde dormían.
El alcohol resbala por dentro
y uno cae por fuera.
Es sangre en la sangre
y queda ardiéndolo todo.”

El alcohol aquí funciona como fuego. Como fuego arrasador que extermina todo a su paso. Y ese alcohol tiene el don de ser Némesis, de ser olvido. El discurrir de Alan Mills es ontología de un taumaturgo obrando con sus letras el milagro de la intrepidez poética. Mills postula, enuncia, proclama. Su verbo nos despabila el alma. Veamos:

“Lenta es la luz
y la luz es la confirmación del abismo.
Estéril soñar con poetas apolíneos
que caminen/ lloren/ canten
con una marca de agua en el alma.
Inútil todo
y las bombas que amenazan caer
como cae la lluvia.”

Este nihilismo resulta entonces una travesura teleológica que en verdad sirve de pretexto para desquebrajar y deconstruir. Para luego armar y volver a construir. Es coartada para la búsqueda del todo. Veamos:

“Contenerlo todo
(el vaso del universo)
y pulir piedras con miradas.
No cabe la poesía en la palabra:
la estira/ la tensa/ la quiebra.
Hay quien lo sabe y llora.
Entrega silencios para parecerse a Dios.
¿De dónde nace un ser bello?
Si el verbo se hiciese carne
la poesía daría tanta verdad
como un puño de tierra/
sería tan cierta como el aliento
del anciano que sueña futuro
en larga fila de jubilados.
Lo bello persigue lo bello
aunque en ello se vaya la vida.
¿Y la mentira?
Caminar con ella/ enamorarse/ morir.
El dolor es anuncio de divinidad.
La poesía se persigna ante las cosas.”

La posible paráfrasis de la canción “Amar es el Verbo Más Bello” de Luis Eduardo Aute, nos viene como el eco de un nuevo sentido enjaulado en otro maremágnum poético, en la voz propia del poeta. Su teleología sigue siendo afirmativa del amor, pero aún persiste la espina del dolor y de la muerte. Sólo el universalismo cristocéntrico es capaz de obrar el milagro. Mientras tanto, Alan Mills conjura duendes y nos inquiere con premura. Nos acerca a nosotros mismos. A nuestro interior nos aproxima cuando se da por entero en su periplo poético. Son muchos sus versos, ahora sólo hemos visto algunos. Su voz nos cautiva por la límpidez de su registro. Su alta carga sintagmática perdura en la memoria. Alan Mills es un poeta memorable, digno de ser leído con atención y presteza. Con los ojos abiertos. Con el alma despabilada. Así nos adentramos en su universo poético y así nos prodigamos la felicidad de cada día.


2. La vida del espíritu se rev(b)ela

Por Jaime Barrios Peña
Escritor y académico, Suecia

En el contraste y la paradoja encuentra la poesía de Alan Mills su legitima esencia. De la mano lo cotidiano y extraordinario. Se trata del ser humano y la búsqueda de nuevas y auténticas señales en una definida autenticidad; en su creación sugiere siempre que la poesía es una de las rutas que conducen a éste en sus actos y proyecciones (un flujo ético), lejos de lo artificial y convencional. Su poesía contiene el conflicto ontológico del hombre en una rica geografía y en un conflicto permanente por superar el abandono, la marginación y la acción de las fuerzas destructivas del poder (quizás en su versión oligarca). Es por esta lucha que no termina, como la poesía se torna una vía de libertad, más auténtica que la historia misma en todos los tiempos y conflictos humanos. En Alan Mills encuentro no sólo un renovado tipo de poesía polítizada, sino cierta estructura operativa en la vida del espíritu, en la vida de riquezas milenarias anidando en nuestra intimidad. Es por eso que repito con el poeta:

“el indio está adentro,
y a veces se le sale,
acéptelo,
aunque lo entierre en apellidos,
aunque lo socave bien
y niegue su manchita de infancia,
ahí está, acéptelo”

23 ene. 2006

ejercicio

a) Los huracanes buscan ponernos el ojo.

Lo anterior vale como se dice que al dar dolor vamos sintiendo un raro crecimiento, esta pulsión briosa y sin orden. Era la noche y lancé correntadas de miel animal capaces de fecundar a cuatro granjas enteras con todo y dueño. Por dicha no embaracé a nadie, salvo a la sombra que éramos los dos trenzados. Se trató d'embarcamiento en sudores y amargo ahogo salival. Pedías mis ráfagas, deseabas control aquella noche licuando el baño mío enhebrado a tus lágrimas. Eran horas de humedad, aullidos, palabras obscenas, del calor con que fuimos el GOZO: gemimos mientras afuera llovían cadáveres como langostas en el desierto.