31 dic. 2005

Marca de agua y Poemas sensibles


 En febrero, la Editorial Cultura de Guatemala editó mi libro Marca de agua. Poemas sensibles, por su parte, constituye una tercera colección de poemas (en rigor, mis tres libritos son solamente tres etapas de una iniciación, y juntos apenas rebasan las 150 páginas). Poemas sensibles fue editado, con particular cuidado y con un sentido muy desarrollado de la belleza minimalista (mano de Carlos López), por la mexicana Editorial Praxis, en octubre de 2005. Éste puede encontrarse ya en liberías de México DF, y en El pensativo y en Sophos de Guatemala. Es cierto que todavía no hemos programado presentación para dichos engendros, pero es muy probable el lanzamiento de Poemas sensibles este año próximo en México. Marca de agua también será comentado públicamente en algún momento del 2006. Noticias oficiales dentro de poco. Saludos y mis mejores deseos para este nuevo año.

27 dic. 2005

Cuestión de nombre


Mi segundo apellido es Pérez y, según estadísticas confiables, es el más extendido a lo largo y ancho de la patria grande latinoamericana. Lo anterior debiera ser razón suficiente para henchirme de orgullo, pues me inserta en una verdad compartida, continental. Ante dicho dato y para calmar los desvaríos de mis familiares (que se consideran "Pérez, pero de los que vinieron de España") haría bien en añadirlo a mi nombre usual, al nombre por el que me conocen y con el que firmo. Entonces: Alan Mills + Pérez.

Según mi madre, este pequeño detalle sería la alegría de tíos, primos y la suya propia. Estas cosas les importan.

Y ya que voy en el tren de ceder, ¿no sería más sutil quitarme el Mills y mejor sólo dejar el Pérez?

Hay que tomar en cuenta que la cacofonía de ambos apellidos juntos resulta una ligereza imperdonable. Entonces: Alan Pérez.

Quizás un cambio así hubiera complacido a aquel escritor que, con ocasión de un cóctel literario, me espetó: "¡ese apellido (Mills) no rima con el físico!".

Lo dijo con mala leche, sin embargo, la verdad es que en el momento tomé sus palabras con la liviandad que producen los vinos y me reí, no le puse misterio. A la hora de la resaca ya lo había olvidado.

Pero pasó el tiempo y el escritor en cuestión aprovechó un encuentro casual para pedirme perdón: fue ahí que dimensioné las cosas (aunque, claro está, acepté la disculpa).

Algo parecido me ocurrió en un funeral: otro escritor se acercó a preguntarme, con tono de sospecha, si Mills era apellido o seudónimo. Aquí logré contestar audazmente, y le expliqué que un seudónimo así sería más bien ridículo, un artilugio de bajo calibre, pues más que apelativo de hombre de letras, suena a nombre de beisbolista o, en el mejor de los casos, de contrabajista de una Big Band.

He repetido este efectivo argumento para alejar a curiosos e incrédulos que, por alguna inexplicable razón, suelen ser literatos de vieja guardia más uno que otro adevenedizo, o wannabe. Mills es un patronímico de esencia anglo-antillana y por ello inusual en este país de gente pronta a delirios castizos. Mis cercanos lo aceptan de la manera más urbana y sin sorpresa. Se agradece.

En consecuencia, y habiendo dicho lo dicho, perdí la gana de ceder: ¡Alan Mills, así se queda! Me gusta por corto, por eufónico y porque me mantiene en alerta de mi raíz mestiza. Y si de rimar se trata, prefiero al narizón de Góngora, chingaos.

(columna de prensa de 2004)

17 sep. 2005

Platillo volador o noveles in the air

Ya anda papaloteando por ahí el nuevo número de Los noveles, que sienta otra vez cátedra de edición, diseño y frescura. Obligatoria visita para todos los que disfrutan las buenas lecturas y para aquellos que se ensueñan editando una revista web. Salvador Luis sabe su negocio. Así que localicen el platillo, apunten la escopeta y disparen.

13 sep. 2005

A tontas y a locas (pequeños apuntes sobre la moral)

A continuación entrego este texto de Simon Leys, que he intentado traducir del último número de la Magazine Litteraire:

Conciencias delicadas. “El tabaco es uno de los venenos más peligrosos para el hombre”. Esta virtuosa advertencia se ha vuelto bastante banal, me dirán ustedes. La que lo es menos – y que debería ponernos a pensar – es la identidad de aquel que la formuló: Adolf Hitler.

De igual manera, Adolf Eichmann esperando su ejecución, prestó un ejemplar de
Lolita de la biblioteca de la prisión. Después de algunas páginas (nos cuenta un biógrafo de Nabokov) indignado, rechazó el libro: “¡Esto es repugnante!”

Plagio. Un joven periodista entrevistando a Martha Graham, interrogó a la gran bailarina y coreógrafa sobre el tema de los plagios artísticos. “Escuche, querido”, respondió el viejo monstruo sagrado posando su mano artrítica sobre el brazo de su interlocutor, “todos somos ladrones. Pero al fin de cuentas, seremos solamente juzgados por dos cosas: por quien escogimos desvalijar y por lo que hicimos con ello”.

T.S. Eliot decía más o menos la misma cosa: “los poetas inmaduros imitan; los poetas logrados roban”.

Goethe. El hermano mayor de Ralph Waldo Emerson destinábase a una carrera eclesiástica. Vivió algún tiempo en Alemania donde seguía estudios bíblicos que terminaron por minar su fe. Fue a visitar a Goethe y lo hizo partícipe de sus dudas. Pero Goethe lo motivó a permanecer en el camino al que inicialmente lo había comprometido su vocación: “Sus convicciones personales son asunto suyo y no le incumben en lo absoluto a sus parroquianos”. El trazo es profundamente revelador: comprendemos por qué Gide le rendía culto a Goethe, y por qué Claudel lo abominaba.

Circunstancia atenuante. Como esas urracas que, si se da crédito a la leyenda popular (certificada lo mismo por una ópera de Rossini que por los álbumes de Tintin), tienen la manía de apilar en su nido toda clase de baratijas heterogéneas e inútiles, yo a veces tengo la debilidad de recortar de los periódicos trozos de información cuya absurda estupidez me parece irresistible.

Estos documentos no me son de ninguna utilidad; se amarillan dentro de una gaveta que, poco a poco, van desarreglando al punto que finalmente los tengo que tirar. Al cabo de una de estas limpiezas periódicas, redescubrí un recorte proveniente de un diario australiano cuya fecha, en aquel momento, yo no había notado (mas el contexto refiere a la muerte de la princesa Diana). Al releerlo, su seducción me parece inalterada:

“Ann Downey, de 59 años, originaria de Queensland, hirió a un amigo suyo de un cuchillazo carnicero en un restaurante, porque éste se había negado a devolver un plato de papas fritas suplementario que se les había servido con su comida. Este caso fue pasado ayer ante la audiencia provincial de Burnie en Tasmania. El juez presenció la explicación de cómo Mr Brian King, viudo, también de 59 años, había desatornillado subrepticiamente la tapa del salero a manera que éste se vaciara completamente en el plato de Mrs Downey; en represalia, ésta otra le proyectó un chorro de salsa de tomate a la cara. Mrs Tamara Jaco, abogada defensora, argumentó que Mrs Downey, quien se encuentra acusada de golpes y lesiones, debería beneficiarse de una importante circunstancia atenuante: “La reciente constatación de la muerte de la princesa Diana la había perturbado al más alto punto”.

¿De quién es esto? “Hay siempre más pasto para el filósofo en los valles de la estupidez que sobre las áridas alturas de la inteligencia”. – Uno juraría que esto es de Michaux, y de la mejor vendimia – pero de hecho, se trata de un pensamiento de Wittgenstein.

Schopenhauer. Sobre la sana labor de frecuentar los libros, Schopenhauer ha hecho observaciones cuya pertinencia perturbadora continúa vigente: “El arte de no leer es muy importante. Consiste de no interesarse en todo aquello que atrae la atención del gran público en un momento dado. Cuando todo el mundo hable de determinada obra, recuérdese que a quienquiera que escriba para los imbéciles nunca le faltarán lectores. Para leer buenos libros, la condición previa es no perder tiempo en leer lo malo, porque la vida es corta”. Y luego Schopenhauer dispara esta flecha final – que buenamente ajustará cuentas con el “Texto Antípoda”que acaban de leer: “Solamente aquel que saca sus escritos directamente del cerebro merece ser leído”

3 sep. 2005

DYLAN THOMAS: la tiniebla íntima del hombre



Le comenté que me encontré su rostro, casi perdido entre otros tantos, recostado en una esquina de la portada del mítico álbum Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. Es un gran disco, pensé, sin decirlo. Volteó a verme, me llenó el vaso de whiskey, me sonrió. Le señalé (bebíamos en un pub anónimo) que su cara se asomaba en el vinilo junto a las de Marilyn Monroe, Charles Chaplin y Karl Marx. „Yeah, it’s a mad, mad world“, me respondió.

Por ahí aparece también Oscar Wilde. Así se lo dije al que me respondía entre silencios austeros.

El ejemplar de Collected Poems que descansaba en mis piernas resbaló al suelo y desperté. „Cuando un poeta se posa en la cabeza nos desplaza“, escuché. Era una voz que citaba o parafraseba a Juan Gelman, según pude reconocer.

Seguía imaginando al galés que publicaría el magistral 18 Poemsa a sus veinte años, esa monumental obra que desataría un maremoto en la poesía moderna. El Rimbaud de Cwndonkin Drive, el mismo que en sus inicios llegaría a presentar poemas ajenos como propios, alguien que jamás imaginó que alcanzaría la cúspide en el parnaso de la lengua inglesa.

Contuve las imágenes, recogí el libro y continué leyendo en la barra, hechizado. Ofrecía el siguiente whiskey. Para entonces mi compañero ya ganaba cierta coloración rojiza en las mejillas. Engulló de un golpe su vaso y alzó la voz como quien se busca una audiencia: Rage, rage against the dying of the light!

Algo extraño sucedía. La atmósfera del lugar, así nada más, cambió de modo radical. Unas muchachas que para entonces no nos habían prestado la más mínima atención, se acercaron. Mi compañero las invitó a un trago. A los pocos minutos ellas se mostraban extasiadas, mi compañero las envolvía con su lengua vibrante y seductora. „Las palabras no están hechas sólo para escribirlas, sino para ser dichas“, me susurraba esa voz en mi cabeza.

Tras unos minutos de conversación, el poeta interrumpió su verbal ambrosía y les dijo muy delgadamente: “chicas, me han gustado mucho pero deben irse; Caitlin está por llegar”.

"¿Caitlin?", preguntaron.

A esa hora mi cuerpo carecía de peso. Sentía no tener huesos. Sentía flotar mi cuerpo en alguna clase de plasma cristalino. Antes de retomar la lectura abrí bien los ojos, contemplé a las chicas retirándose.

Abrí al azar una página del libro que tenía en las manos. Leí un título que quemaba los ojos: “I dreamed my genesis”. No pude leer el poema completo, se me escapó. Si quisiéramos hurgar el corazón de la tierra, pensé, recorrer su entraña más íntima, tendríamos que incendiar su gruesa cáscara; del mismo modo, atrapar esa poesía habría requerido ser un cazador lleno de longanimidad.

Terminamos varios whiskeys y Caitlin seguía sin aparecerse. La curiosidad me perturbaba, no aguantaba más. Esta Caitlin debe ser alguien especial, sugerí. „Es mi mujer“, respondió mi compañero, ceremonioso. „Pero ya no va a venir“, agregó. „Ella antes se emborrachaba conmigo pero ahora no sé qué le pasa. Dije que venía para no ser descortés, hoy no ando de espíritu“, me dijo.

"It seems like a beautiful night to tell some stories. Do you know 'The mouse and the woman'?".

Alguien puso muy alta la música y volví a despertarme. Me vi en el espejo de la barra como se ve un borracho cualquiera. El libro, el Collected Poems, yacía en el suelo de nuevo. Le puse un pie encima, animado por la vieja creencia de pisar el libro para que no huya volando. La canción que sonaba en el pub repetía: “spread your wings and fly away”... 

Sí, respondí, agitando la cabeza, tengo un ejemplar de The collected stories una recopilación de New directions: ahí aparece el relato de la mujer y el ratón.

„Entonces dime, ¿no te pareció una bella historia?”.

En ese instante ya no sabía si se sonrojaba o si tomaba color por los tragos. „Esto merece otro whiskey“, dijo, a media carcajada.

„Sabes –añadió– yo vengo de un lugar llamado Swansea: el mar de los cisnes, quizás por eso le puse tanta atención a las palabras, porque de verdad creo que las palabras son todo“. „Desde niño las palabras han sido todo para mí“ –insistió. „¿Recuerdas aquel fragmento de: Let me not to the marriage of true minds / admit impediments. Love is not love/ which alters when it alteration finds, / or bends with the remover to remove?“.

Recuerdo cuando lo leíamos con mi padre, en sueños, le dije.

Abrir los ojos bruscamente, sentir que uno cae al vacío y despertar con el corazón vibrante. Los ojos abiertos, qué sensación. Abrir los ojos es entregar el alma virgen al mundo que siempre estará dispuesto a violarla. Los versos de Shakespeare continuaban resonando en mi cabeza con esa voz profunda y puntual, como de órgano. Cerré el libro, no terminaba de entender estas ensoñaciones. 
 
„¿Y tú qué haces removiendo las piezas del pasado?, ¿andas cazando fantasmas?“, me preguntó mientras bebía otro whiskey y me veía un poco burlón. El pasado es padre de la vida como el agua es su metáfora, según dice una poeta colombiana, le dije. "¡Ah, qué juego tan peligroso el de los niños terribles!“, me respondió.

18 Poems - 18 whiskeys

Pero la perfección sólo la encontramos ebrios,
y desaparece al despertar.

LI PO

Las gotas de whiskey se precipitaban en mi vaso, prístinas, transparentes, dotadas de una luz que las colmaba. Pensé en el primer hombre (o la primera mujer, nadie puede saberlo) que dimensionó su paladar con licores; adiviné ese ligero crecimiento, ese avanzar de bestia a Dios. Mi compañero me veía con un gesto descompuesto, sin embargo, su oratoria no sufría mayores cambios. „Sabes –susurró con firmeza–, he conseguido mucho: obtuve la admiración de todos mis contemporáneos, incluido ese profesor Eliot que me trataba como a un chico minero que sólo desea ser poeta“. „Créeme que eso, en un mundo de celos, vale bastante“, remató.

Al final todo lo bueno es reconocido, le dije, con apetito de ser oportuno.

„Bah, no es eso, hombre, que fui lo suficientemente listo para que me quisieran sin tener yo que arriesgar mucho“, me dijo.

La música seguía siendo muy buena y mis ojos se dilataban un poco más con cada nuevo estribillo. Experimentaba una sensación de retorno a la vigilia con cierto olor a muerte. Era David Bowie, la tonada iba así “ah, ah, ah, ah, ah, ah, ahahaha, I’m afraid of Americans”.

Ya no podía leer. Leer una poesía tan armónica exige cierto recogimiento, un acusado ascetismo de los sentidos. Me puse a tararear la canción y aproveché para intentar explicarme a mí mismo lo qué pasaba, sin éxito. No tenía más fuerzas para levantarme e irme de ahí. La canción me seguía conquistando, tarareaba: “I’m afraid of Americans, I’m afraid of Americans”...

„Pero ¿qué dices? –interrumpió mi compañero–, si América es la tierra de Dios... yo hice cuatro viajes a Estados Unidos, todos gloriosos… en las facultades daba conferencias y recitales de mis poesías, ¡ah, qué tierra, qué gente! No bien había yo puesto un pie en ese gigantesco santuario y me transformaba, me convertía en un pequeño dios o, más bien, en un pequeño diablo, en algo muy parecido a esa vulgaridad del nuevo tiempo que ustedes conocen como rockstar“, me dijo. 

Perdone usted, no quise decir nada, sólo estaba tarareando una canción de David Bowie, le dije.

„¡Pues ese tal Bowie es un hijo de puta!“, gritó. „Ese rufián no sabe nada de los americanos“. 

Eran otros tiempos, le dije, casi entre los dientes.

Apretaba los dientes con vigor. Algo hacía que quisiera y no quisiera despertar. Pero al mismo tiempo creía estar despierto, o al menos eso pretendía. Me sentía embobado, como imbuido de una extravagante idiotez: ¿cómo estar encrespado con un muerto? Y para colmo, ¡por lo que dijo en un sueño! Es que este señor no se da cuenta que todo el asunto ese de las estrellas de rock es un poco su responsabilidad. Él fue el primero en contactarse así con una audiencia, el primero en embeberse del elixir de un público extasiado.

La verdad es que me ofendía que le dijera "hijo de puta" a David Bowie.

"One more shot my friend?, please don’t take me so seriously".

Sirvió un whiskey más. Ya llevaremos unos quince, pregunté como quien no quiere la cosa… „Diecisiete, camarada, uno más y el círculo estará completo“, sentenció el poeta. 

Me apresuré a beber y traté de registrar todo a mi alrededor. Los ojos pueden ser los ejes del hombre, pueden llegar a ser portadores del cuerpo, dije para mí (recordando a Brodsky, claro está).

En todo este tiempo no le había visto a mi compañero una sola expresión de tristeza, pero de súbito sus ojos tomaron un aire acristalado. Está triste por Caitlin, ¿verdad?, pregunté, envalentonado por el scotch. Ya no va a venir ¿verdad?, agregué, acercándome a la insolencia. 

„Ella es bella pero no entiende –respondió–. Antes entendía, años atrás ella reconocía que un poeta no tiene otra opción que vivir una sucia transparencia; pero ahora Caitlin piensa que he descuidado mi verdadero trabajo: la poesía, ¡ja, cómo si requiriese cuidados! Ella cree que me consagré a la holgazanería, la adulación y el fornicio. No comprende que esa es parte de la sustancia de mi poesía, que así nace mi verbo, mi expresión explosiva. El mundo es, cada vez más, un sitio para hombres prácticos y eso me provoca un amplio desasosiego. Hay quienes sí entienden, existen quienes logran capturar el estribo interior del cosmos –así lo dijo–, esos serán quienes se emborrachen por mí en mi agonía... yo apenas he sido un shaker, aunque la poesía haya hecho estragos en mí“, concluyó sacerdotalmente.

Mis ojos dejaron caer un par de lágrimas e hicimos un silencio largo. Lo vi servirse un whiskey más. Lo vi de nuevo, se hacía transparente. Intuí que todo iba a terminar y lo abordé: „usted, compañero, es el que está parado junto a la piedra que custodia la tiniebla íntima del hombre, ¿verdad?“.

(Aquí adjunto el texto completo sobre Dylan Thomas, publicado inicialmente en la revista Magna Terra, año 2003)

¿Dylan Thomas en Nicaragua?

En la Prensa Literaria en Nicaragua han publicado el día de hoy (sin consultarme) el fragmento de un viejo texto mío sobre Dylan Thomas. Sólo que por alguna razón le han incrustado unas 80 incorrecciones del idioma y unas 40 faltas ortográficas. No sé quién se ve peor, si yo como autor, o ellos como editores. Mala onda.

30 ago. 2005

Anotaciones en el tren

1. El libro en tanto glándula primordial del organismo social. La librería en tanto sitio popular, multiplicado, que no cumple una pérfida condena en los márgenes. Se lee en el Metro. Se lee en los parques. Se lee en casa. Se lee. Este pueblo consume libros, los considera parte de la canasta básica y destina a ellos un renglón del salario. Hasta la fecha no he escuchado expresiones como "no leo porque no tengo dinero", o " no leo porque no tengo tiempo". Claro, los parisinos normalmente tienen Euros, quizás tiempo. Y si se diera el caso de la más terrible carencia económica, ahí están las numerosas bibliotecas públicas. Más recientemente, los accesibles expendedores automáticos para aquellos con un arranque de deseo proustiano a media noche. A la obsesión francesa por su lengua, añadámosle una vigorosa pasión libresca (de pronto una cosa lleve a la otra). Son escasos los rincones de París donde no se encuentran libros. Parte de la ecología urbana aquí consiste en permitirle a los libros la convivencia pacífica y armoniosa con la ciudadanía. Los libros afianzan y elevan el espíritu ciudadano. Sólo en una casa parisina no he visto libros: se trató de una fiesta extraña y sin alma.

2. En estos días recibimos la visita de tres jóvenes guatemaltecos en el apartamento. Eran invitados de nuestra coarrendataria y pasaban por París haciendo una escala de su tour mochilero. Nada digno de hacer mención, si no fuese porque me impresionó la actitud con que se pusieron enfrente: desafiante, brusca, altiva. No saludaron ni se presentaron en ningún momento, incluso evitaban cruzar mirada. Pero eso no era lo peor: sus ojos destilaban la suficiencia del primerizo y cierto orgullo por su inocultable ignorancia supina (no tenían a ningún bar de jazz manouche, ni siquiera al Centre Pompidou como objetivo turístico). Noté que le daban importancia a cosas como el colegio de donde egresó alguien, la zona en que alguien vive, el apellido de alguien; hablaban con ese cacofónico "usted" propio de los protoburgueses guatemaltecos. Según escuché, venían de ver a Benedicto XVI en Alemania. Sentí fuerte el choque pues ya casi había olvidado estas maneras, estos modales heredados del fantasma de la finca cafetalera. Huyendo de ellos, en parte, es que tomé este tren.

3. V.S Naipaul en la entrevista que le hace
Le magazine litteraire en su número de septiembre 2005: " (la vulgaridad) es un poco modificar las reacciones, el comportamiento, en función de los personajes de series televisivas. Es una completa negación de la idea de excelencia".

4. 10 kilómetros de canoa en Pont d'Ain me han demostrado que mi cuerpo no está atravesando el mejor de sus momentos. Pero tampoco el peor.

5. El más intenso individualismo, pero estando claros que tal ansiada y extrema individualidad jamás será plena sin la mínima realización de los deseos del conglomerado de individuos circundantes. El verdadero individualismo nace al interior de la comunidad y ahí solamente es concebible. En el caso del artista hablamos de un viaje de ida y vuelta: su apuesta va hilada a un sentido de comunión y contradicción, a un tiempo, con su entorno. La prevalencia de una de estas dos categorías (comunión o contradicción) define en gran parte la sustancia general de la obra, y de la misma no es posible esperar la "originalidad", sino más bien el simple soplo personal, individual, un punto de vista sobre el dolor o los fluidos, una nueva risa, o una voz particular que se logra respirando el aire que también exhalan los otros. A lo mejor filtrando, purificando, ensuciando, o enturbiando la miasma común, es que el individuo-artista camina los senderos más iluminados, siempre en búsqueda de emitir un canto único y nada más que suyo (esa canción, paradójicamente, muy raras veces sonará demasiado ajena). A veces desea ser escuchado, no siempre.

24 ago. 2005

10 palabras bellas

Escribo mi listado de las 10 palabras más bellas del castellano. Claro que esta lista podría cambiar o crecer en cualquier momento:

sed

luz

ojalá

relámpago

amanecer

soledad

alma

divina

sueño

reminiscencia

9 ago. 2005

Imaginación nuclear


Imaginemos que la visión actual es el cielo derritiéndose y la sombra de nuestra hermana, entre carbón y líquida, por las paredes cercanas. Escombros que no parecen escombros. Los escombros nunca antes habían sido así; esos días de agosto tenían un vapor nuevo, cierta sangre inédita, otra armonía. El cielo vistiose con una luz hermosa, inimaginable, y no era la claridad animal que conocemos, era otra cosa que nadie vio. Pues nada era visible más allá del otro firmamento en llamas, que ocultaba a aquel más prístino, por distante.

Imaginemos el calor. Hablamos aquí de un ardor imponente, absoluto: una brasa de 4.000 grados Celsius. El infierno luce, a estas alturas, como un mal chiste de Rimbaud, simple boutade. El calor desnuda, por supuesto; la carne de todos se va haciendo una, sus ropas se tejen a los nervios, vivos como nunca. “Los muertos desnudos serán uno solo”, decía Dylan Thomas. Se oye el reverbero, sin embargo, eso poco importa, ¿para qué las palabras, qué dicen?

Mejor imaginemos los gritos hechos humo pestilente. Emanan de una gigantesca vagina horadada en el suelo. El abrazo más grande lo dio la muerte, y todos se abrasaron.

Imaginemos ahora la picazón, la piel despegándose y los huesos salidos. Los huesos siempre han querido escaparse del cuerpo, abandonar su prisión. Normalmente terminan lográndolo. Pero aquí los huesos salían sin desearlo, chupados por una fuerza inmarcesible, por algo que ninguna narración podrá incluir en su cuadrante. Los huesos después eran polvo muy fino, o carbón, o algo parecido. Aquella picazón virgen corrió hasta en las piedras, que clamaban como chacales, o algo parecido. Todos los mares quisieron apagar aquello, que era horrendo, pero estaban muy lejos. O dormidos. Imaginemos todo como un estudio, como un cuadro inconcluso: a work in progress. Pensemos que Francis Bacon no pudo terminar sus crucifixiones, porque no miró aquello, porque no estuvo ahí. Todos estamos incompletos por lo que no hemos visto, por el calor no sentido.

Hoy, tan serenos, apenas sentimos que las sombras de nuestras hermanas se derritieron allá, en los muros derrumbados de Hiroshima, que en Nagasaki sus hijos hincharon los ojos rasgados de tanto llorar tales radiaciones americanas y odiosas. Los que alcanzaron a llorar, más tarde buscaron subsuelo, calma, unión con los huesos. La lengua piadosa de la tierra lamía las heridas y se confundía con ellas. Veamos que los llorosos pudieron ser nuestros hijos, o pudimos ser. Quizás lo fuimos y algún pellejo nuestro quedó siseando en esos páramos.

Eran días de agosto, año 1945. Otra vez, imaginemos aquel cielo más distante y hermoso, arriba del otro firmamento en llamas. Sepamos que en él se paseaba cierto muchacho, un piloto con su B-29; iba silbando, quizás. Su avión esbelto, pulido, una nave con nombre: "Great artist". Veamos qué obra tan grotesca nos dio, volando, ese pincel de hierro, tal fuselaje atroz del progreso.

Imaginemos ahora nuestro llanto en los escombros. Imaginemos, nuevamente, nuestros escombros. Esto jamás será como lo que no vimos. Imaginemos.

12 jul. 2005

Reciclando/ * Disolución del humo en el humo

Esta ciudad, pienso, descansa en el humo. Así como Brodsky y su Venecia suspendida en el agua (y con la idea calvinesca de que la ciudad suprema sería una suspendida en el aire), pienso de nuevo, esta ciudad radica en el humo. El humo la tiene gris. El humo nos tiene grises. El humo es la exhalación fatal de lo sucio; un suspiro oscuro proveniente de algún dios venido a menos.

He recorrido esta ciudad como quien dice poco. No me gusta. Pero, quién que es no ha salido a echarse a perder en sus calles. Es que no hay de otra. Y ahora que estoy en esto, creo que una manera de no dejarse suprimir por la tormentosa arquitectura de esta ciudad, de estar y ser en un espacio tan poco propicio, son los vicios. Los vicios, que son tan nuestros como el viñedo lo es de la tierra, ayudan su buen a pasar el rato. Y todo lo digo con la voz del que no está autorizado, con el aliento de alguien que no ha tenido una seguidilla alucinógena, que no ha tocado fondo. Los vicios son muletas. Así lo entiendo.

Todo con la convicción de que no hay salida: huir del bodrio urbano, o abstraerse de él por la sola intercesión de los vicios es disolver el humo en el humo. ¡Luz, más luz! Clamaba Goethe antes de morir y me hace pensar que se debe asumir el exilio citadino domiciliándose en la luz del arte. Hacia allá habría que ir.

La luz me trae acá: qué triste una ciudad orgullosa de su ausencia de color. El gris, de por sí, no es un color, así, taxativamente, esplendoroso. Nuestra ciudad no encuentra color, se ha resignado a permanecer gris como una vieja que sabe que ya está condenada. La psicodelia aparece, entonces, redentora y humanista. Un buen puro de mota es casi revolucionario, si se ve bien (pero uno solo, donde el humo no prevalezca, donde el humo no ahogue las ideas originarias y perentorias).

Y más allá del trip, intuyo que todas las formas del viaje le hacen bien a un capitalino guatemalteco. Y para alguien como el que aquí escribe que es, más bien, un vicioso arrepentido, un experimentador escurridizo, no militante, conviene más el viaje geográfico. Cualquier salida, cualquier motivo, cualquier escape adonde el humo no reine. Adonde las gentes no estén hechas de humo. Recién salí de la ciudad y sentía cierta hidalguía por no pronunciar constantemente la palabra “bestia”, o la voraz y lapidaria sentencia: “hijo de la gran puta”. Eso pasa con esta ciudad: no nos hace mejores, nos aplasta, nos vuelve viles. (Los vicios, por el contrario, cuando son efímeros, cuando suceden de manera lateral, cuando dan color y ocultan el humo, pueden trocarnos en hombres y mujeres de bien).

Si bien la utopía de suspender una ciudad en el aire se sabe inútil, podemos proponernos una que sea capaz de abolir el humo de nuestras vidas, un proyecto estético y vital, un remozamiento urbano y humano que encuentre alguna sustancia distinta del humo, en la cual suspender nuestros huesos y nuestro asfalto.

Igualmente, ya por estos días, pienso que lo bello tiende a la tristeza. Por ahí esta ciudad tiene posibilidades.

* Texto publicado en el 2002 en el paskín contracultural El supositorio.

Un poema de amor


(foto de Carlos Sebastián)


Desafíos

Te reto a que me mirés
Y que tus ojos no tiemblen
Y que no hablen
Y que no encierren

Te reto a que me soñés
Y que tu boca no tiemble
Y que no mire
Y que no alegue

Te reto a que me toqués
Y que tus manos no tiemblen
Y que no escuchen
Y que no entreguen

Te reto a que me dejés
Y que tu corazón no tiemble
Y que no vibre
Y que no ciegue

Te reto a que me olvidés
Y que tu todo no tiemble
Y que no falle
Y que no entierre

10 jul. 2005

Reciclando: EXPERIMENTOS CON LA VERDAD/ Todo lo demás

(Columna publicada en 2004, Revista Magazine 21; un texto profético, por lo demás)

Cuanto más pienso en dinero más me hace falta. Ésta pareciera una especie de ley, algún tipo de fatalidad. Hace unos días proyectaba lo que iba a lograr cuando ganase más, cuando mis números abandonaran el rojo. Un viaje, por ejemplo, varios viajes de este y del otro lado del charco, un libro de Roberto Bolaño o de Raúl Zurita (dos antípodas chilenos), discos, el stereo para el carro, una noche en pareja, muchas noches. De más está decir que la misma tarde de la ensoñación cobré mi sueldo (todavía gano lo mismo) y me asaltaron, me quitaron todo. Casi lloré, lo confieso. Lejos quedaron aquellos días cuando sucumbía maravillado ante las fabulosas obsidianas que mis hermanos y yo encontrábamos en el patio y que luego desaparecieron como si se las hubiese chupado Dios. Lejanos los días en que vivía como si el dinero no existiese y es que, de hecho, el dinero no existía. Qué tiempos aquellos. Nada que ver con las cuentas por pagar, con los cálculos, con la ansiedad, con la angustia, con las llamadas de mi agente de crédito. Nada que ver con averiguar por alquileres baratos, nada que ver con preguntar por precios de celulares, nada que ver. La vida se me aparece ahora como un enorme cerdo con una ranura en la espalda. Y si lo vemos bien, la vida es como ese enorme cerdo. Ahora paso las noches pensando en un viaje, varios viajes de este y del otro lado del charco, un libro de Roberto Bolaño o de Raúl Zurita, discos, el stereo para el carro, una noche en pareja, muchas noches. Apenas recuerdo las obsidianas de antes. Y así, en esas, es que uno empieza a morirse: deseando, acumulando, perdiendo, ganando y perdiendo. Intento arrepentirme y hasta llego pensar que debiera estar agradecido por haber sido asaltado: debería desear el bien, un porvenir dulce a los que me despojaron de bienes materiales dejándome en pleno contacto con mi vida interior, con el alma, que le dicen. Sí, cómo no. Tal vez un asalto es merecimiento por pensar tanto en el cochino dinero, tal vez no. Seguramente lo mejor es llevar la mente a los buenos recuerdos: al primer beso, las gloriosas borracheras, los cuerpos acontecidos, algún ritmo perdido y recobrado, los paseos, las buenas miradas de hoy, algún verso memorizado de Neruda. Esas cosas no tienen precio... Para todo lo demás, existe Master Card.

2 jul. 2005

La poesía tiene la palabra

Hace un mes participé junto a otros poetas hispanoamericanos en el V Festival La poesía tiene la palabra, organizado por la Casa de América en Madrid. Aquí pueden visualizar las lecturas en video, haciendo clic donde dice "V Festival La poesía tiene la palabra". Y, por si no pueden ver el video, adjunto algunos poemas leídos.

3 abr. 2005

Experimentos con la verdad/ MINUTE MAN

En Arizona algunos están rezando (hay mucha gente cristiana por allá), ruegan porque la mano divina traiga otro Tsunami y se lleve al cielo una buena porción de esos molestos y menesterosos seres que brotan como cuyos al sur del río Bravo. En lo que Dios los escucha (aseguran está de su lado) han preparado un programa, casi un juego de cacería de inmigrantes: the Minute Man Project. Y no hacen diferencias: mexicanos, guatemaltecos, nicaragüenses, qué más da; son la misma perra sólo que revolcada, dirían si pensaran en español. Pero no, sus ideas, sus balísticas ideas van en inglés bien cowboy (aunque hay que decir que aciertan al visualizar que todos los latinos terminamos siendo lo mismo). Arizona es recorrida hoy por un llamado a unirse a las filas protectoras del blanco y limpio sueño americano, esa ficción de hamburguesas y cheerleaders que no desean compartir. Milicias bien armadas se apuestan en las fronteras, atentas a cualquier alma deseosa de trabajar y enviar remesas para que su prole en Guatemala o El Salvador coma mejor y adorne la champa con una televisión de 40 pulgadas. Dicen no ser tan malos: los promotores del Minute Man plantean que, si bien su discurso es franco contra los inmigrantes, sus Mini Uzi buscan acabar con la esclavitud y el narcotráfico que ingresa a los Estados Unidos. Quizás por pereza no han encontrado mejor manera de combatir estos flagelos que jugando tiro al blanco, cosa que en las actuales circunstancias sería más bien tiro al indio. O al mestizo, a lo que venga del sur. O talvez simplemente les encantan los plomazos y les excita gritar: fucking latinos, stay out of America! Lástima. El inglés es un bello idioma y suena muy distinto cuando nos dice al oído algo como: April is the cruellest month, breeding/ Lilacs out of the dead land, mixing/ memory and desire... El asunto es que, regularmente, un poeta y un pistolero son dos cosas distintas. En Estados Unidos hay bastantes poetas y muchos pistoleros, pero por alguna razón nos enteramos más de estos últimos. Quizás son más. En Arizona, verbigracia, hay unos que no están pensando en cómo rimar breeding con mixing, sino que más bien elaboran un plan muy claro que es, además, un divertimento: cazar a todos los desarrapados posibles que vean cruzando la sagrada línea que resguarda la entraña del dólar. Un juego sangriento, sí. Pero no se alarmen, este texto no es antiamericano, yo voy contra la estupidez: materia que sabe repartirse. Debo decir que sé de un par de chapines que se enlistarían gustosos en eso de matar mugrientos. Saben hacerlo. A la gente del Minute Man no se me ocurre decirles nada, en mi cabeza apenas callan los versos del poeta: Abril es el mes más cruel y engendra/ lilas que brotan de la tierra muerta, mezclando/ la memoria y el deseo.

18 mar. 2005

La imitación

Imitar es bueno al inicio. Da confianza ir desatornillando una estética, un estilo ajeno hasta que se alcanza la saludable ficción de sentir que la escritura es algo muy fácil y hasta predecible. Si a la actividad de imitación la acompañamos de mucha lectura y de la buena, es posible que poco a poco se vaya incubando esa sensación de impotencia o angustia, que es la que finalmente nos puede llevar a un sólido intento por aprehender esas esencias lejanas, misteriosas y viejas con las que se ha fabricado cierto lenguaje. De ahí en adelante, el camino sólo sabe ponerse más difícil pero, a un tiempo, más estimulante; la ruta para hacerse de una respiración personal se convierte en un ejercicio sado-masoquista que nos deja babeantes y plácidos, plenos pero siempre incompletos.

29 ene. 2005

El Metro y la muerte



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Denfert Rochereau, 17:00 pm. Espero el Metro igual que los demás. Sin elegancia alguna, mera rutina y esperanza límite. Pero cada vez que se acerca y siento ese zumbido de lombriz metafísica, algo, algo como una gana de brincar, un deseo de desafiar ese caudaloso vacío entre un lado y el otro se me viene. Más que picazón, angustia. Nunca resuelvo nada y subo de lo más quieto, cartesianamente contento de que llegaré justo a la cita prevista.

La picazón es nostalgia, pienso. Enfermo de extrañar el riesgo, quizás, aquellos ataúdes rodantes, mis excitantemente rábicas camionetas, los buses urbanos de Guate, sus ruedas por las calles-matadero. Nostalgia, no ambición suicida, no se llame a engaño.

Espero el Metro notando que en las estaciones hay siempre un botón de emergencia, una alarma para avisar que alguien ha saltado a la vía. Precario intento de evitar lo inevitable, bastión último contra la muerte escogida. Por lo que sé y me han dicho, cada año brincan unos cuantos haciendo la parábola del gato en pos del ratón imaginario, el escurridizo roedor del deseo. El Metro se detiene, alguna gente chilla, lavan la sangre, peritaje, y en un par de horas todo sigue. Todo sigue. Caminan los vivos al lado de los muertos en cualquier parte del mundo.

Suicidarse en París, con todo, tendría su extra de dignidad. Alguien me dijo una vez que quería morir viviendo en el arrondisement 19 para ser enterrado en el Pere Lachaise y así, con suerte, hacerse una tumba como la de Miguel Ángel Asturias, grandísima, asonante y muy guatemalteca.

¿A quién se le habrá ocurrido anotar en la lápida que el Moyas obtuvo el premio de tesis en la Usac o que fue estudiante distinguido en la secundaria?

Lo europeo hubiera sido simplemente tallarle "Premio Nobel de Literatura 1967", sin monolito indigenista ni nada.

Pero así somos. Y así que aunque Miguel Ángel Asturias esté enterrado en París, su tumba es guatemalteca, muy, como él era.

Ninguna Francia te defenderá de tu patria, nada dignificará tu muerte más allá de lo que hayás ganado para merecerla, para dar el vueltegato final con presteza e hidalguía. Ni siquiera la nostalgia.

Espero el Metro con cierta frialdad, siento el zumbido de nuevo, una ligera brisa soplando desde abajo. Me subo al vagón de un par de saltos.

Durante el viaje recuerdo aquel suicidio que presencié cuando circulaba sobre el puente „El Incienso“: un hombre se dejó caer desde el hormigón hasta su nombre, hasta ese cuerpo suyo dibujado en el fondo de su propio destino.

En Guatemala suicidarse es redundante, seguro, pero veamos que nos encanta el recoveco, repetirnos en la misma y cotidiana muerte. Nos falta talento. O nos sobra.

15 ene. 2005

10

El animal que calla
se parece un poco a mí,
su charco de sangre,
su casi flotar en rojo
tiene algo mío.
Este animal ha sido molido,
duro le dieron
y ya no sé si es perro o pollo
o simple mártir o qué.
Todo lo que calló lo habla el asfalto,
lo hablan los que lo ven sin hacer nada,
lo dicen los que vomitan de verlo.
Algo tiene,
algo de mí le resplandece
en cada partícula que pasan arrebatando
las llantas.

11 ene. 2005

Fotografía con autorretrato

De engaño a engaño va la luz y no calla.
Da un salto la luz y es el vacío entre dos cuerpos.
Ese espacio iluminado recuerda a la permanencia
o a la necedad de querer ver y ser en la luz.
De engaño a engaño va la luz y no cesa.
Nada termina si no hay un límite oscuro.
Ese límite oscuro somos nosotros.
Flash.


A Christian Panebianco y Silvia Favaretto